Rubén
Aguilar :
Cambiar o no cambiar?, ése es el dilema
Todo lo que me rodea en la vida diaria lo encuentro falso,
contaminado por la política. Vivimos en la dictadura de lo políticamente
correcto.
Gao Xingjian, Premio Nobel de Literatura
México tiene todo para convertirse en la primera potencia
de América Latina y una de las grandes del mundo; cuenta con
un extenso territorio, miles de kilómetros de costas, petróleo,
materias primas, más de cien millones de habitantes, profesionales
preparados, mano de obra capacitada, una plataforma industrial amplia,
una sólida cultura y una rica historia, pero no hace lo necesario
para ocupar el sitio que debe tener.
Ése fue el comentario constante de académicos, periodistas,
políticos y empresarios españoles con quienes nos reunimos
Jorge Castañeda y yo en Madrid, donde presentamos La diferencia:
radiografía de un sexenio, que comentó Miguel Ángel
Bastenier. Los españoles que quieren y admiran a México
se preguntan, lo hacen una y otra vez, por qué nuestro país
no realiza los cambios que se ven convenientes y también urgentes.
Lo mismo sucedió al presidente Felipe Calderón y a
su comitiva en el viaje que realizaron a España. Los españoles
no entienden por qué México se niega a cambiar. A sus
preguntas sobre por qué no avanza la reforma petrolera y la
explicación de que la Constitución no permite la inversión
privada en el sector, no comprenden por qué no se puede modificar.
Ellos lo hicieron. La Constitución no es dogma de fe sino
un medio para alcanzar el propósito de elevar las condiciones
de vida de la población.
Sobre el tema, los socialistas españoles hablan con conocimiento.
El presidente Felipe González privatizó la empresa
de petróleo en 1992. A partir de entonces España goza
de una industria petrolera exitosa y sus empresas son hoy de las
más grandes del mundo. Una de ellas hizo los últimos
descubrimientos en aguas profundas de Brasil. La privatización
trajo al Estado español más beneficios en ciencia,
tecnología, inversiones, empleo e impuestos de lo que la empresa
del gobierno le dio en cualquier otra etapa. En México ésta
no es la discusión, porque nadie piensa que conviene privatizar
Pemex.
La decisión del rumbo que debe tomar el país es de
los mexicanos. La posición de los españoles viene a
cuento sólo para ilustrar cómo se ve hoy a México
en el mundo. Se piensa que tiene un enorme potencial, pero se está quedando
atrás y muy lejos de sus reales posibilidades de desarrollo.
El presidente Calderón señaló desde España
que hasta ahora la discusión de la reforma petrolera ha sido
más histórica e ideológica que técnica.
Tiene razón. Ése es el tono de la discusión
que está en los medios. La que ocurre en el Senado no trasciende
a la sociedad. La intervención del presidente de inmediato
provocó la reacción de los dirigentes que se oponen
a la iniciativa enviada por el Ejecutivo.
Estos líderes quieren ver un presidente a modo. Que permanezca
callado para ellos controlar la discusión en razón
de sus intereses personales y políticos. No quieren que defienda
su propuesta y que explique a la sociedad sus posiciones. Él
tiene que meterse al debate. Es tarea histórica de la Presidencia
argumentar a favor del cambio en esta fase del desarrollo democrático.
Debe aclararse que más allá de la retórica,
quienes se oponen a las reformas se niegan a que los grandes sectores
del país tengan mejores condiciones de vida. En la lucha de
las ideas es necesario que se ponga en evidencia de qué lado
están los que prefieren permanecer en el pasado.
Se tiene también que dar a conocer cuáles son los
cambios que han hecho otros países para hacer avanzar su industria
petrolera. Están los casos de Noruega, Brasil, Cuba, Vietnam
y Argelia, pero también los de Venezuela y Bolivia, para mencionar
algunos. Debe decirse por qué conviene seguir el ejemplo probado,
no es un salto al vacío, de las transformaciones que en la
materia han hecho países que ahora tienen una muy sólida
y rentable industria petrolera que ha sido punta de lanza para alcanzar
nuevos niveles de desarrollo que benefician a todos sus habitantes. Éste
y no la defensa del dogma es el propósito. No hay que perderlo
de vista.
La acotada iniciativa de la reforma petrolera va
en esa dirección.
Están en juego dos cosas: el contenido de la iniciativa, pero
todavía más, que en un real debate la sociedad mexicana
cambie de mentalidad y siga en el esfuerzo de construir una nueva
cultura política, la que México requiere hoy. La anterior
es lastre. El Ejecutivo tiene que elevar el nivel del debate y ponerse
al frente. Sólo así va a llegar a los medios. Sin duda
habrá ruido político y mediático. Si el presidente
privilegia el silencio sobre el debate, para evitar el ruido, va
a perder un tiempo precioso, pero, sobre todo, deja pasar la posibilidad
de contribuir a que la sociedad cambie de fondo. Ésa también
es su responsabilidad. La decisión está en sus manos.